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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Copenhague - VOLVER A LA ÉTICA DEL CIUDADO - LEO BOFF

En Copenhague, los 192 representantes de los pueblos se enfrentan a algo irreversible: la Tierra ya se ha calentado, en exceso, por causa de nuestro estilo de producir, de consumir y de tratar la naturaleza. Sólo nos cabe adaptarnos a los cambios y mitigar sus efectos perversos.

Lo normal sería que la humanidad se preguntase como un médico pregunta a su paciente: ¿por qué hemos llegado a esta situación? Importa considerar los síntomas e identificar la causa. Seria un error tratar los síntomas dejando sin tratar la causa, que seguiría amenazando la salud del paciente. Es exactamente lo que parece estar ocurriendo en Copenhague. Se buscan medios para tratar los síntomas pero no se va a la causa fundamental. El cambio climático con eventos extremos es un síntoma producido por gases de efecto invernadero que tienen la huella digital humana. Las soluciones sugeridas son: disminuir los porcentajes de gases, más altos para los países industrializados y más bajos para aquellos en desarrollo; crear fondos financieros para socorrer a los países pobres y transferir tecnologías para los atrasados. Todo esto en el marco de incontables discusiones que dificultan los consensos mínimos.

Estas medidas atacan solamente los síntomas. Hay que ir más al fondo, a las causas que producen tales gases perjudiciales para la salud de todos los vivientes y de la propia Tierra. Copenhague sería la ocasión de echarle valor y hacer un balance de nuestras prácticas en relación con la naturaleza, reconocer con humildad nuestra responsabilidad y con sabiduría recetar el remedio adecuado. Pero no es esto lo que está previsto. La estrategia dominante es como recetar aspirina a quien tiene una grave enfermedad cardiaca en vez de hacerle un trasplante.

Tiene razón la Carta de la Tierra cuando reza: «Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo... Esto requiere un cambio en la mente y el corazón». Es exactamente esto: no bastan los remiendos, necesitamos recomenzar, es decir, encontrar una forma diferente de habitar la Tierra, de producir y de consumir con una mente cooperativa y un corazón compasivo.

De entrada urge reconocer que el problema no en sí la Tierra sino nuestra relación con la Tierra. Ella ha vivido más de cuatro mil millones de años sin nosotros y puede continuar tranquilamente sin nosotros. Nosotros no podemos vivir sin la Tierra, sin sus recursos y servicios. Tenemos que cambiar. La alternativa al cambio es aceptar el riesgo de nuestra propia destrucción y de una terrible extinción de la biodiversidad.

¿Cuál es la causa? El sueño de buscar la felicidad a través de la acumulación material y del progreso sin fin, usando para eso la ciencia y la técnica con las cuales se puede explotar de forma ilimitada todos los recursos de la Tierra. Esa felicidad es buscada individualmente, entrando en competición unos con otros, favoreciendo así el egoísmo, la ambición y la falta de solidaridad.

En esta competición, los débiles son víctimas de aquello que Darwin llama selección natural. Sólo los que mejor se adaptan, merecen sobrevivir, los demás son, naturalmente, seleccionados y condenados a desaparecer. Durante siglos predominó este sueño ilusorio, haciendo pocos ricos por un lado y muchos pobres por el otro, a costa de una espantosa devastación de la naturaleza.

Raramente se plantea la pregunta: ¿puede una Tierra finita soportar un proyecto infinito? La respuesta nos viene siendo dada por la propia Tierra. Ella sola no consigue reponer lo que se le ha extraído. Perdió su equilibrio interno por causa del caos que hemos creado en su base físico-química y por la contaminación atmosférica que la hizo cambiar de estado. De continuar por este camino comprometeremos nuestro futuro.

¿Qué podríamos esperar de Copenhague? Apenas esta sencilla confesión: así como estamos no podemos continuar. Y un propósito simple: Vamos a cambiar de rumbo. En vez de la competición, la cooperación. En vez de progreso sin fin, armonía con los ritmos de la Tierra. En lugar del individualismo, la solidaridad generacional. ¿Utopía? Si, pero una utopía necesaria para garantizar un porvenir.
Leonardo Boff

Confrontaciones en Copenhague

En Copenhague, en las discusiones sobre las tasas de reducción de los gases productores del cambio climático se enfrentan dos visiones de mundo: la de la mayoría de los que están fuera de la Asamblea, venidos de todas partes del mundo, y la de los pocos que están dentro, que representan a los 192 estados. Estas visiones diferentes están cargadas de consecuencias, significando, en el límite, la garantía o la destrucción de un futuro común.

Los que están dentro, fundamentalmente, reafirman el sistema actual de producción y de consumo, incluso sabiendo que implica sacrificio de la naturaleza y creación de desigualdades sociales. Creen que, con algunas regulaciones y controles, la máquina puede seguir produciendo crecimiento material y ganancias como ocurría antes de la crisis.

Pero hay que denunciar que justamente este sistema es el principal causante del calentamiento global al emitir anualmente 40 mil millones de toneladas de gases contaminantes. Tanto el calentamiento planetario como las perturbaciones de la naturaleza y la injusticia mundial son consideradas como externalidades, es decir, como realidades no intencionadas y que por eso no entran en la contabilidad general de los estados y de las empresas. Lo que cuenta en definitiva es el lucro y tener un PIB positivo.

Pero ocurre que estas externalidades se han vuelto tan amenazantes que están desestabilizando el sistema-Tierra, mostrando el fracaso del modelo económico neoliberal y poniendo en grave peligro el futuro de la especie humana.

No pasa por la cabeza de los representantes de los pueblos que la alternativa sea cambiar a un modo de producción que implique una relación de sinergia con la naturaleza. La sola reducción de las emisiones de carbono manteniendo el mismo pillaje de los recursos es como si pusiéramos un pie en el cuello de alguien y le dijéramos: quiero que seas libre, pero con la condición de que sigas teniendo mi pie en tu cuello.

Precisamos impugnar la filosofía subyacente a esta cosmovisión. Ella desconoce los límites de la Tierra, afirma que el ser humano es esencialmente egoísta y que por eso no puede cambiar, que puede disponer de la naturaleza como quiera, que la competición es natural, que por la selección natural los débiles son engullidos por los más fuertes, y que el mercado es el regulador de toda la vida económica y social.

Por el contrario, reafirmamos que el ser humano es esencialmente cooperativo, porque es un ser social, pero se vuelve egoísta cuando rompe con su propia esencia. Dando centralidad al egoísmo, como hace el sistema del capital, hace imposible una sociedad de rostro humano. Un hecho reciente lo demuestra: en cincuenta años los pobres recibieron 2 billones de dólares de ayuda mientras que los bancos recibieron 18 billones de dólares en un año. No es la competición lo que constituye la dinámica central del universo y de la vida sino la cooperación de todos con todos. Desde que se descubrieron los genes, las bacterias y los virus como principales factores de la evolución, no se puede sostener la selección natural como se hacía antes. Ésta sirvió de base para el darwinismo social. El mercado entregado a su lógica interna enfrenta a todos contra todos y así desgarra el tejido social. Postulamos una sociedad con mercado, no de mercado.

La otra visión, la de los representantes de la sociedad civil mundial, sostiene: la situación de la Tierra y de la Humanidad es tan grave que solamente el principio de cooperación y una nueva relación de sinergia y de respeto hacia la naturaleza podrán salvarnos. Sin eso vamos hacia el abismo que hemos cavado nosotros mismos.

Esa cooperación no es una virtud cualquiera. Es aquella que en otro tiempo nos permitió dejar atrás el mundo animal e inaugurar el mundo humano. Somos esencialmente seres cooperativos y solidarios sin lo cual nos devoramos unos a otros. Por eso la economía debe dar lugar a la ecología. O hacemos este viraje o Gaia puede que continúe sin nosotros.

La forma más inmediata de salvarnos es volver a la ética del cuidado, buscando el trabajo sin explotación, la producción sin contaminación, la competencia sin arrogancia y la solidaridad a partir de los más débiles. Éste es el gran salto que se impone en este momento. A partir de él la Tierra y la Humanidad pueden llegar a un acuerdo que salvará a ambos.

Leonardo Boff

viernes, 20 de noviembre de 2009

¿Queriendo ser Dios? Leo Boff

Rose Marie Muraro es una mujer imposible. A pesar de tener grandes limitaciones de vista y de salud escribió 35 libros y editó cerca de otros 1600. Fue pionera del feminismo brasilero. Su estudio sobre la sexualidad de la mujer brasilera, publicado por la Editorial Vozes de Petrópolis, se transformó en un clásico, tanto por su metodología como por las categorías de análisis.

Licenciada en física, siempre se preocupó por la tecnología y su incidencia en el destino humano. Ahora, con el paso de los años y después de muchas investigaciones y de manejar una gran cantidad de fuentes, informaciones y autores, nos entrega un libro-síntesis con el título: Los avances tecnológicos y el futuro de la humanidad: ¿queriendo ser Dios? Es una publicación de la Editorial Vozes de Petrópolis de la cual fue durante 17 años directora editorial.

El subtítulo ¿Queriendo ser Dios? define la perspectiva de su análisis y al mismo tiempo deja traslucir una denuncia contra el tipo de ciencia y tecnología dominantes en la historia. En realidad, hace un excelente rastreo histórico de la tecnología desde los albores de la humanidad, cuando hace más de dos millones de años surgió el homo faber, aquel que por primera vez utilizó el instrumento para imponerse a la naturaleza, pasando por los distintos periodos históricos, con sus respectivas revoluciones hasta llegar a los tiempos contemporáneos de la ingeniería genética, de la robótica, de la nanotecnología y de la biología sintética, para culminar en la fusión entre ser humano y máquina.

A lo largo de su libro Rose nos muestra el calvario de la Tierra y la lenta y progresiva crucificación de la vida y de la naturaleza a través del poder de la tecnociencia, puesta al servicio de la voluntad de poder en su concretización más cruda y cruel en el dinero.

Pero no siempre fue así. Primitivamente el saber y la técnica estaban al servicio de la solidaridad y del compartir, atendiendo a las demandas humanas y aliviando el peso de la vida. Pero desde el momento en que surgió la moneda, que se hizo mediación exclusiva de todos los trueques, y se transformó en mercancía con precio (intereses), se produjo una revolución perversa. Se pasó de la cooperación a la competición, del cuidado a la agresividad. Lo que impera entonces es el gana/pierde y no el gana/gana. La sociedad se ha hecho conflictiva con ejércitos, muchas guerras y grandes mortandades.

Los señores del dinero sujetan a las personas, controlan la sociedad y deciden qué saber y qué técnica hay que desarrollar para reforzar su poder. No se produce para la vida sino para el mercado. No se inventa para la sociedad sino para el lucro.

El actual proyecto de la tecnociencia ha acelerado enormemente la historia. La humanidad ha caminado más en cien años que en los dos millones de años anteriores. Esta velocidad ha aturdido la mente y está generando una verdadera mutación humana, comparable solamente a la ocurrida en la revolución biológica multimilenaria. Algunos científicos intentan introducir nanoparticulas en la corriente sanguínea del cerebro para gestar una inteligencia suprahumana. Surgiría así un híbrido de ser humano y maquina, y la humanidad se bifurcaría entre los mejorados y nos no-mejorados.

Rose Marie Muraro se alza contra este intento, pues él configura la suprema arrogancia y actualiza la antigua tentación bíblica del seréis como Dios.

El ser humano, por más que quiera, jamás superará los límites de su naturaleza. Sólo una ciencia con conciencia servirá a la vida y garantizará el futuro de la Tierra. La autora propugna monedas complementarias, un consumo compasivo y reciclable, una revolución radical de dentro hacia fuera y de abajo hacia arriba, el juego del gana/gana como forma de salir con éxito del berenjenal en el que estamos enredamos. La frase final de su brillante libro es esperanzadora: «Cuando desistamos de ser dioses podremos ser plenamente humanos, algo que todavía no sabemos lo que es, pero que hemos intuido desde siempre».

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Todavía tiene futuro el Individualismo? Leo Boff

En Estados Unidos hay una crisis más profunda que la económico-financiera.

Es la crisis del estilo de sociedad que se formó desde que fuera constituida por los «padres fundadores». Es una sociedad profundamente individualista, consecuencia directa del tipo de capitalismo que fue implantado allí. La exaltación del individualismo adquirió forma de credo en un monumento delante del majestuoso Rockfeller Center en Nueva York, en el cual se puede leer el acto de fe de John D. Rockfeller Jr: «Creo en el supremo valor del individuo y en su derecho a la vida, a la libertad y a perseguir su felicidad».

En un fino análisis contenido en su clásico libro La democracia en América (1835), el magistrado francés Charles de Tocqueville (1805-1859) señaló al individualismo como la marca registrada de la nueva sociedad naciente. El individualismo se mantuvo triunfante, pero tuvo que aceptar límites debido a la conquista de los derechos sociales de los trabajadores y especialmente al surgimiento del socialismo, que contraponía otro credo, el de los valores sociales. Pero con el derrocamiento del socialismo estatal, el individualismo volvió a tener vía libre bajo el presidente Reagan hasta el punto de imponerse en todo el mundo en forma de neoliberalismo político.

Contra Barack Obama, que intenta un proyecto con claras connotaciones sociales, como salud para todos los estadounidenses y medidas colectivas para limitar la emisión de gases de efecto invernadero, el individualismo resurge con furor. Le acusan de socialista y de comunista y, en facebook, en internet, hasta no se excluye su eventual asesinato si llegara a suprimir los planes individuales de salud. Y eso que su plan de salud no es tan radical, pues, tributario todavía del individualismo tradicional, excluye de él a todos los emigrantes, que son millones.

La palabra «nosotros» es una de las más desprestigiadas de la sociedad estadounidense. Lo denuncia el respetado columnista del New York Times, Thomas L. Friedman en un excelente artículo: «Nuestros líderes, hasta el presidente, no consiguen pronunciar la palabra ‘nosotros’ sin que les produzca risa. No hay más ‘nosotros’ en la política estadounidense, en una época en que ‘nosotros’ tenemos enormes problemas -la recesión, el sistema de salud, los cambios climáticos y las guerras en Irak y en Afganistán- con los que sólo vamos poder lidiar si la palabra ‘nosotros’ tiene una connotación colectiva» (JB 01/10/09).

Sucede que, por falta de un contrato social mundial, Estados Unidos se presenta como la potencia dominante, que prácticamente decide los destinos de la humanidad. Su arraigado individualismo proyectado al mundo se muestra absolutamente inadecuado para señalar un rumbo al ‘nosotros’ humano. Ese individualismo no tiene ya futuro.

Se hace cada vez más urgente un gobierno global que sustituya el unilateralismo monocéntrico. O desplazamos el eje del ‘yo’ (mi economía, mi fuerza militar, mi futuro) hacia ‘nosotros’ (nuestro sistema de producción nuestra política y nuestro futuro común) o difícilmente evitaremos una tragedia, no sólo individual sino colectiva. Independientemente de ser socialistas o no, lo social y lo planetario deben orientar el destino común de la humanidad.

Pero, ¿por qué ese individualismo tan arraigado? Porque está fundado en un dato real del proceso evolutivo y antropogénico, pero asumido de forma reduccionista. Los cosmólogos nos aseguran que hay dos tendencias en todos los seres, especialmente en los seres vivos: la de auto-afirmación (yo) y la de integración en un todo mayor (nosotros). Por la autoafirmación cada ser defiende su existencia; si no, desaparece. Pero por otro lado, nunca está sólo, está siempre enredado en un tejido de relaciones que lo integra y le facilita la supervivencia.

Las dos tendencias coexisten, juntas construyen cada ser y sustentan la biodiversidad. Excluyendo una de ellas surgen patologías. El ‘yo’ sin el ‘nosotros’ lleva al individualismo y al capitalismo como su expresión económica. El ‘nosotros’ sin el ‘yo’ desemboca en el socialismo estatal y en el colectivismo económico. El equilibrio entre el ‘yo’ y el ‘nosotros’ se encuentra en la democracia participativa que articula ambos polos. Ella acoge al individuo (yo) y lo ve siempre insertado en una sociedad mayor (nosotros), como ciudadano.

Hoy necesitamos una hiperdemocracia que valore cada ser y a cada persona y garantice la sostenibilidad de lo colectivo que es la geosociedad naciente.


Leonardo Boff

A Francisco Gómez Maza, muchas gracias por enviar este interesante artículo!